Encuentro en el Tibet

" No importa lo lejos que viaje, nunca se puede escapar de sí mismo.” HARUKI MURAKAMI

José fue a vacacionar al Tibet, era un viaje que tenía pendiente desde el momento en que leyó “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino, cuando navegaba a vela recogida su adolescencia. Ese libro cuenta como Marco Polo le narraba al emperador mongol Kublai, informándole con gran maestría oral, cómo vivían, prosperaban y decaían las diversas aldeas y ciudades de su imperio; más allá que el mismo emperador, sepa o no, las verdaderas razones por las que sus ciudades iban modificándose de esa manera.

José es un tipo apasionado y activo; ha viajado mucho, es amante de los deportes extremos, lo que lo ha llevado a correr en autos de categorías menores, actividad que fue dejando de lado por lo avanzado de su edad. En su vida fue realizando diferentes tareas, ahora administra dos bares y por su militancia política, hace un tiempo atrás, trabajo en la Secretaria de Turismo del estado.

Él es viudo de su tercera mujer, con la que tuvo su segundo y último hijo: el primero formo su familia y trabaja con José en la administración de los bares y el otro es arquitecto y vive en Dubai.
José, como la vida misma, tiene un poco de capricho y está regido como todo, por el ordenador general de los hombres y las cosas; el azar y el tiempo. Un poco de todo eso fue lo que lo llevo a un complejo de saunas a las afuera de Lhasa, por un baño de inversión. Nunca hubiese imaginado, que en ese jardín agreste, de un complejo de saunas, en el Tibet, a las afueras de Lhasa, iba a encontrarse con Norma después de 35 años.

Norma salió desnuda, sin ningún pudor de un cuarto de baño, camino bajo las sombras del jardín oriental, a tomar la toga que pendía de un perchero, y se vistió. Flaca como en su juventud, con ligeros pliegues de arrugas, donde las líneas de su cara y su cuerpo comenzaban a tomar otra dirección. Sus dotes y su tenacidad en el estudio de ciencias exactas, le han dado una vida nómade, que la llevo a dar conferencias a diferentes rincones del mundo, por lo cual era reconocida en el ambiente de la ciencia. En ese trayecto pudo acumular algún dinero, consumir lo típico de cada lugar y sus costumbres, junto a algunas bebidas y algunos sudores. Su vida era la búsqueda y su camino la ciencia. En sus labores, fue descubriendo varios de los límites propios de la ciencia, lo que la llevo a desarrollar estudios sobre metafísica, arte y teología. Su visión céntrica cientificista, de intentar encontrar el todo en uno, hizo que sintetice todas esas búsquedas en la región del Tibet, lugar al que viaja regularmente, en la búsqueda de esa síntesis de la sabiduría, que supieron encontrar varias generaciones de monjes, por aquellos monasterios orientales.

José al ver a Norma caminar desnuda por aquel jardín, quedo completamente perplejo. La miro caminar hasta que comenzó a acercase lentamente hacia ella. Norma al verlo, sin sorprenderse de su presencia, comenzó a contarle sobre sus viajes, con un gesto cotidiano y lento, reacción que profundiza la perplejidad en la que José se encontraba. Norma le cuenta que su hermano mayor consiguió un mecenazgo de un hombre de negocios, por sus conocimientos sobre historias de viajes románticos en barcos, y sin coma, le sigue contando que el padre de su segundo hijo, al que no vio más desde aquella vez en que lo gestaron, hace más de treinta años, la había invitado a fumar marihuana a Puerto Madryn el próximo verano que se avecinaba, comentándole a José, que esa idea le atraía para pasar el verano.

El recuerda, mientras la oye hablar, como si tradujera a la voz su propio inconsciente, con azarosos y desarticulados recuerdos, que van destilándose en el hilo de su voz. Recuerdos intermitentes en el estado más puro, que se revelan sin esfuerzos, expresándo esporádicos e insignificantes momentos de lo vivido. El recuerda, mientras la observa deambular lenta por aquel jardín oriental, con la vejez ya apropiada de su cuerpo, cubierta con la toga coloreada, mucho más baja de la Norma que guardaba en su memoria, él recuerda, mientras la mira a los ojos, y ve, como lo negro del fondo va comiéndose lentamente sus ojos, barnizados por una laca lagrimal, que deja entrever un brillo ciego, como un destello, una búsqueda, una fuga, sin deseo, sin fortuna, esperando que algo lo asalte, y quiebre el sinsentido de este no lugar, que habita en este momento, a las sombras de este jardín oriental.

El recuerda que Norma una vez le dijo, “Anoche soñé que me besabas y que ese beso, era el beso del verdadero amor”. fue lo primero que recordó José, de la última conversación que tuvieron, cuando decidieron no seguir juntos.

Él recuerda, a la sombra de un jardín oriental, a las afueras de Lhasa, en el Tibet, que había estado completamente enamorado de Norma. Recuerda esa frase 35 años después de haberla escuchado por única vez, aquella tarde calurosa de 1978 en un bar de SanTelmo, lugar donde escucho aquella frase, vivió aquel final, aquel amor, aquel dolor; recuerdo enturbiado por los sentimientos y sensaciones de otros amores y otros dolores, que fueron revelándose anárquicos y veloces, como un torrente de imágenes y sensaciones que en un suspiro, resumieron hasta ese preciso instante, lo que había sido su vida.

José mira a Norma deambular, intenta verla, intenta reconocerla. La ve con una toga colorida y más baja de cómo la recordaba, mientras la escucha hablar en un tono pausado. Él no puede dejar de ver a ella sin ella, casi anciana, lejana, ajena, mientras la misma oscuridad la cada, lentamente comienza a devorar sus ojos, mientras se queda escuchando de fondo, en su mismo idioma, el hilo de voz de una señora, que habla sobre la experiencia de un viaje.